—Oh, Eleonor... perdón por avisarte a último momento —murmuró Graciela con la voz pequeña, temblorosa, mordiéndose apenas el labio inferior—. No pensé que ya tenías pensada otra visita... Por favor, dime que no te causé problemas.
Fue recién entonces cuando Eleonor despegó la mirada de la puerta abierta, donde la figura de Estefanía ya se había disipado por completo en la distancia.
—Supongo que sí me causaste problemas —respondió la mujer mayor, con un semblante imperturbable.
Graciela abrió l