¡Pi-pi-pi! ¡Pi-pi-pi!
La alarma de su celular no paraba de sonar sobre la mesita de noche.
Estefanía, acostada boca abajo, veía cómo la pantalla del aparato se encendía y se apagaba una y otra vez.
No tenía fuerzas ni siquiera para estirar la mano y detenerlo.
Tampoco tenía fuerzas para aparentar que la vida seguía con normalidad, cuando había perdido un pedazo importante de sí misma.
Los minutos transcurrieron de esa forma hasta que Cristian entró a buscarla. Ella simplemente hundió el rostro