Frente al enorme jardín de la mansión Sarkov, todo plagado de las más bellas flores, Sam y Vlad dieron el sí y formalizaron su relación con el sagrado vínculo del matrimonio, rodeados de sus familiares y amigos.
—No puedo creer que mi pequeña Samy ya sea una mujer casada —dijo Augusto Reyes, aferrando a la hija que sentía haber perdido para siempre—. Ahora ya jamás te veré.
—Papá, no llores o me vas a hacer llorar a mí también. Además, dejé de vivir con ustedes a los dieciocho, así que nada ca