Caminar por las calles exigía esfuerzo y paciencia. Antonela evitaba esa tarea a toda costa. Desde el día en que le reveló a Benjamín que Adam era su hijo, ya no tenía un día de paz. Lo peor eran las narrativas creadas sobre ella y las acusaciones de que era una pésima madre, que solo estaba intentando asesinar a su propio hijo.
Dejó la fábrica y se subió a un taxi. El taxista la reconoció y recorrió el camino mirándola de reojo, como si Antonela fuera una criminal. Una sensación de impotencia se apoderó de ella. En cuanto bajó del coche, se escabulló hacia el otro lado, entrando en otra sección del hospital para no ser vista por los periodistas.
Ella odiaba tener que esconderse como si fuera una criminal. Claramente, estaba muy asustada y con razón. Se arriesgaba a perder a Adam, quien sería entregado a una mujer completamente desconocida para él. Se le partía el corazón cuando imaginaba lo que Adam sufriría viviendo esa situación.
Lo que temía más que nada era vivir lejos de su hijo