El corazón del guardaespaldas: 6. Pídeme que pare
La intensidad con la que su boca asaltó la suya, la desorientó por un momento, aunque no lo suficiente como para no hacerla responder. Su lengua, tímida e inexperta, fue a su busca, poco a poco, con más valentía.
Gimió quedamente mientras lo probaba, a su ritmo; lento y con pausas
Leo sonrió ante el recibimiento, y pese a ser plenamente consciente de la idiotez que estaba cometiendo, no se detuvo, contrario a eso, la arrastró hasta la puerta de su piso. Allí la apresó, y es que ni aunque quisie