24. Felicita a mis pelotas también, pedazo de imbécil
Era increíble, esa jovencita de ojos marrones y caderas pequeñas se le estaba metiendo debajo de la piel sin poder hacer el mínimo esfuerzo por conseguirlo, de verdad, si quiera lo intentaba, tan solo iba por allí siendo ella misma y nada más, como si no necesitara hacer absolutamente nada para que la quisieran, y él, aunque no lo reconociera… ya empezaba a quererla.
Se había vuelto vital para su vida, una necesidad, un deseo incontrolable que lo asfixiaba si no estaba cada segundo cerca de ell