El aire en la habitación se había vuelto asfixiante.
La voz de Juan aún resonaba contra las paredes, aguda y cortante, como si el espacio mismo hubiera absorbido su ira y ahora nos la devolviera.
Sentía que el corazón me latía tan rápido que parecía que iba a salirse del pecho.
—Juan… —empecé rápidamente, dando un paso al frente—. No es lo que piensas. Solo estaba hablando con él…
—No te metas —espetó, sin siquiera mirarme.
Sus palabras me golpearon más fuerte de lo que esperaba y me paralizaro