Punto de vista de Gabriela
Cuando la reunión finalmente terminó, me dolía la cabeza y sentía la garganta como si hubiera tragado arena, pero nada de eso importaba.
Lo que importaba era que había ganado y no había sido un fracaso como dijeron algunos miembros de la junta cuando me eligieron para representar a la empresa.
La reunión se prolongó desde las nueve de la mañana hasta el mediodía.
Habían sido tres horas. Tres horas implacables y agotadoras de negociaciones, proyecciones, contraofertas, amenazas apenas veladas y sonrisas educadas que ocultaban dientes afilados.
Pero al final del tira y afloja que casi me hizo caer de cabeza sobre la mesa, el contrato se deslizó hacia mí.
Y con una sonrisa y un corazón rebosantes, garabateé mi firma en el documento, pulcra y definitiva.
Cuando todos se levantaron, nos dimos la mano y, durante todo el proceso, sonreí y les agradecí por creer en mí.
Y en el momento en que las puertas finalmente se cerraron tras mí, mis hombros se hundieron, pero