Elena permanecía con la cabeza apoyada sobre el pecho de Julián. Durante unos segundos no abrió los ojos. Se quedó escuchando su respiración y sintiendo los dedos de él recorrerle la espalda con lentitud. Cuando finalmente alzó la mirada, lo encontró observándola.
—¿Llevas mucho tiempo callado? —susurró Elena.
—Lo suficiente para decidir que no pienso dejar que te levantes.
—Tengo que ir a trabajar.
—Puedes llamar y decir que estás enferma.
Elena sonrió.
—¿Y qué les digo? ¿Que mi marido no me d