Subo a mi alcoba y me ducho queriendo bajarme la calentura. Cuando salgo doy un salto en mi puesto al encontrarlo sentado sobre mi cama.
— ¿Qué haces aquí? — inquiero aferrándome a mi toalla.
Me sonríe perverso.
— Castigarte. — frunzo el ceño.
— ¿Qué? — se levanta de la cama y camina hacia mí como un león al asecho de su presa.
— Eres tan histérica y gritona. — dice rodeándome, sin dejar de mirarme con esa intensidad que me cosquillea en la piel. — no dejas de maldecir todo el tiempo y me das ó