Katerina se queda helada ante el movimiento de Gio, no solo por la sorpresa, sino también porque no sabe qué hacer.
Él, en cambio, le saborea los labios con delicadeza, temeroso de que ella se espante. No obstante, después de un rato besando solo, rompe el contacto, confundido y con el orgullo hecho añicos.
—Lo siento... —Se lame la boca—. Me dejé llevar. —Katerina no responde—. ¿Estás bien? —Él acerca más la cara y le pincha la mejilla con un dedo—. ¿Estás pensando cómo matarme?
—No... —Lo mir