Treinta y dos

—Llegamos —anuncia él, con los ojitos brillosos.

Katerina, quien se había recostado en el asiento con la intención de ignorar los comentarios atrevidos de Gio, se incorpora de prisa.

—El mar... —musita al ver el azul de la playa a través del cristal del vehículo.

—Vamos —comanda él, entusiasmado.

Ambos salen del carro y caminan entre la arena: Gio con la caja de pizza en las manos y ella

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