El jet privado tocó tierra con suavidad. Las palabras de Ricardo, su negativa a tomar las riendas de la compañía, resonaban en Michael con cada vibración del tren de aterrizaje. No podía juzgarlo. Comprendía el peso de los fantasmas que habitaban esa ciudad. Pero la idea de ver destruido el patrimonio de su esposa, el legado que ella había amado, era inaceptable.
En el auto de regreso a la mansión, Michael observó la ciudad desfilar tras la ventana, cuando se dirige hacia su asistente.
—Manda h