Mundo ficciónIniciar sesiónEl aullido distante de las sirenas policiales comenzó a quebrar el repiqueteo de la lluvia sobre el asfalto. El sonido, que en cualquier otra circunstancia habría significado el alivio de los refuerzos, para Diego Rossi sonó como una campana de alarma. Si se quedaba allí, la policía lo encerraría en un hospital, lo interrogaría durante horas y Asuntos Internos confiscaría lo poco que le quedaba de su investigación. Además, si el traidor seguía libre dentro del departamento, informar sobre esta emboscada sería como entregarle en bandeja de plata su ubicación a los sicarios de Martineli.
Diego se presionó la costilla izquierda con una mano, soltando un gemido ahogado. Tenía la ropa empapada, una mezcla de agua de lluvia y la sangre de Bianchi que se había esparcido por el capó del coche. Miró una última vez el cuerpo inerte de su compañero. Sus ojos fijos parecían acusarlo desde el vacío. —Lo siento, Bianchi —susurró Diego entre dientes, con la voz rota por la adrenalina y el dolor—. Ese maldito infeliz va a pagar por esto. Te lo juro por mi vida. Haciendo acopio de una fuerza de voluntad sobrehumana, Diego se dio la vuelta y echó a correr hacia el laberinto de callejones industriales. Cada paso era una tortura; sentía como si un cuchillo al rojo vivo se clavara en su costado con cada bocanada de aire, pero el miedo a ser atrapado y la furia ciega lo empujaban hacia adelante. Se deslizó entre dos naves abandonadas, cruzó una avenida secundaria esquivando los faros de un camión y se perdió en la oscuridad de la periferia de Palermo, justo cuando las primeras patrullas de la policía estatal llegaban al lugar del tiroteo con las luces azules destellando en la tormenta. Veinte minutos después, la puerta metálica del almacén secreto se abrió pesadamente y Diego se desplomó hacia el interior, arrastrando los pies. Cerró de golpe y pasó el cerrojo tembloroso, dejándose caer de espaldas contra la fría superficie de metal. El silencio del búnker lo recibió como un bofetón. Estaba completamente a oscuras, salvo por la tenue luz grisácea que se filtraba por el tragaluz de zinc. Diego se quedó allí sentado en el suelo de cemento durante varios minutos, con la cabeza apoyada en las rodillas, temblando incontrolablemente debido al choque térmico y a la pérdida de sangre. Su mente trabajaba a mil revoluciones por segundo, hilando una narrativa lógica basada en el engaño que acababa de sufrir. "Nos quería muertos a los dos", pensaba, apretando los puños hasta que las uñas se le clavaron en las palmas. "Descubrió que Bianchi estaba investigando por su cuenta o supuso que éramos los que pusimos los micrófonos. Mandó a sus perros a liquidarnos para enviarle un mensaje a toda la jefatura. Infeliz... maldito infeliz carismático". Diego no tenía forma de saber que, en realidad, Bianchi lo había llevado a esa trampa para matarlo a él, y que los propios sicarios de la mafia habían fusilado a su informante por considerarlo un cabo suelto inservible. Para Diego, Maximiliano Martineli acababa de transformarse en un carnicero implacable que no respetaba códigos, ni pactos, ni vidas. Con un grito ahogado de frustración, Diego se impulsó usando la pared y logró ponerse en pie. Encendió la bombilla desnuda que colgaba sobre la mesa de trabajo. La cruda luz amarilla iluminó su reflejo en un trozo de espejo roto colgado en la columna: tenía el rostro cubierto de hollín, la frente partida por un corte profundo que seguía goteando sangre de forma perezosa y la camiseta gris completamente empapada de un carmesí espeso. Caminó dando tumbos hacia el fondo del almacén y arrancó de la pared un viejo botiquín de metal oxidado con una cruz roja descolorida. Lo estampó sobre la mesa de madera, haciendo que las herramientas saltaran. Sus manos, cubiertas de costras de sangre seca y suciedad, abrieron los pestillos de golpe. Extrajo una botella de alcohol de noventa grados, un paquete de gasas, aguja e hilo de sutura médico que había robado meses atrás de los suministros de la policía, y un rollo de venda elástica. Se quitó la chaqueta de cuero con un movimiento brusco que le arrancó un gemido desgarrador del pecho; una de sus costillas estaba, como mínimo, severamente fisurada. Con unas tijeras, cortó la camiseta empapada y la tiró al suelo. Al mirarse el costado, vio un hematoma enorme de color violáceo que cubría toda su parrilla costal izquierda, resultado del impacto contra la puerta del Alfa Romeo. Pero lo peor era la herida de la frente. Diego tomó un trozo de gasa, la empapó generosamente en alcohol y, apretando los dientes, se la aplicó directamente sobre el corte de la cabeza. —¡Aghhh! —el grito de dolor se ahogó en su garganta. Diego se apoyó en la mesa con el brazo libre, con las venas del cuello hinchadas y las lágrimas de puro dolor físico quemándole los ojos. El escozor del alcohol penetrando en la carne viva era insoportable, pero era la única forma de evitar una infección que lo dejaría postrado en una cama. Respirando de forma entrecortada, mirándose al espejo roto, enhebró la aguja con manos que intentaba forzar a estar firmes. Su entrenamiento en supervivencia táctica le había enseñado a remendarse a sí mismo, pero hacerlo sin anestesia y bajo una presión psicológica tan brutal era una historia diferente. Acercó la aguja a su piel, justo al borde del corte de la sien. —Un toque cínico... una sonrisa de m****a... —murmuraba Diego entre dientes, usando la imagen mental de Maximiliano Martineli como una anestesia basada en el odio puro. «¡Pam!» Pasó la aguja a través de la piel, tirando del hilo con un tirón seco. Su cuerpo dio un espasmo. —Tú no vas a ganar esto, Martineli. Dio tres puntos de sutura rudimentarios pero firmes, cortando el hilo con los dientes. La sangre dejó de fluir en abundancia. Luego, con movimientos más lentos y mecánicos, tomó la venda elástica y comenzó a envolver con fuerza su torso ensangrentado, apretando el vendaje para inmovilizar la costilla fisurada. Cada vuelta de la venda le cortaba el aire, pero la compresión reducía el dolor agudo al respirar. Cuando terminó, se apoyó contra la mesa, exhausto, con el pecho cubierto de vendas blancas que ya empezaban a teñirse ligeramente de rosa. Su mirada, ahora completamente desprovista de cualquier rastro de humanidad o de piedad legal, se desvió hacia la pizarra de la pared. Se acercó lentamente y, tomando el rotulador negro, tachó con una cruz enorme y violenta el rostro del agente Bianchi. Luego, miró fijamente la fotografía de Maximiliano Martineli. El Don seguía sonriendo con esa elegancia aristocrática en el papel de prensa. —Pensaste que me habías matado hoy —dijo Diego, su voz bajando a un tono sepulcral, lleno de una promesa de muerte—. Pensaste que con Bianchi habías borrado al último policía que te buscaba los talones. Disfruta tu victoria esta noche, Martineli. Ríete con tus hombres. Porque el detective Rossi murió en ese callejón... pero lo que va a ir a buscarte ahora es algo mucho peor. Diego tiró el rotulador contra la foto y se dio la vuelta, caminando hacia la penumbra del almacén para cambiarse la ropa por prendas civiles completamente oscuras. La placa de policía quedó olvidada sobre la mesa de trabajo, cubierta por una gasa ensangrentada. Las reglas habían cambiado. Ya no había ley, ya no había comisaría, ya no había traidores de los que cuidarse. Solo quedaban él, su dolor y un monstruo al que destruir desde las entrañas de su propio imperio.






