El reloj de pared del pasillo central marcaba las once de la noche. La mansión Martineli estaba sumida en un silencio sepulcral, interrumpido solo por el rugido lejano de los truenos y el golpeteo de la lluvia contra los ventanales blindados. Hacía menos de una hora que un rayo había afectado uno de los transformadores externos, obligando a los generadores auxiliares de la propiedad a entrar en funcionamiento. Aunque la electricidad se había restablecido, los sistemas informáticos y el circuito