Episodio 6

El despacho de Maximiliano Martineli recuperó su atmósfera de santuario intocable. Tras el estallido de violencia en el callejón periférico, la tormenta finalmente había descargado sobre Palermo, lavando la sangre del asfalto y ahogando el eco de las sirenas que, horas antes, habían escandalizado a los sectores bajos de la ciudad.

Maximiliano permanecía de pie junto al imponente ventanal de cristal blindado de su oficina, observando cómo las gotas de lluvia se deslizaban con parsimonia por la superficie. Había cambiado su esmoquin por una bata de seda negra bordada a mano, y sostenía un vaso de cristal tallado con apenas dos dedos de coñac. Su semblante, habitualmente indescifrable, reflejaba la tranquilidad absoluta del depredador que ha visto caer la última amenaza en su territorio.

La puerta de madera de roble se abrió con suavidad. Salvatore entró a paso lento, con el sombrero en la mano y la gabardina aún húmeda goteando sobre la alfombra persa. Su rostro cansado traía la confirmación que el Don había estado esperando.

—Don Martineli —dijo Salvatore, inclinando la cabeza en señal de respeto—. Todo está resuelto. Mis hombres acaban de confirmar el reporte de la central de la policía estatal.

Maximiliano no se giró de inmediato. Tomó un sorbo pausado de su bebida, saboreando el calor del licor antes de hablar.

—Habla, Salvatore. ¿Qué dice el informe oficial?

—El Alfa Romeo de la patrulla camuflada fue emboscado tal como se planeó —explicó el capo, dando un paso al frente—. El agente Bianchi fue acribillado en el acto; recibió más de una docena de impactos en el torso. Cayó sobre el capó del vehículo, muerto antes de que pudiera pedir refuerzos. En cuanto al otro... el detective Diego Rossi, el tipo que nos pisaba los talones desde la furgoneta.

Maximiliano arqueó una ceja, girándose lentamente para clavar sus ojos oscuros en su subordinado.

—¿Y bien?

—Los muchachos le dieron caza dentro del habitáculo. El coche quedó hecho un colador, Don. El informe preliminar de los forenses de la policía, manipulado por nuestros contactos en la jefatura, da por hecho que ambos oficiales fallecieron debido a las múltiples heridas de bala y el impacto posterior contra la persiana metálica. Para la ley y para el mundo, la Unidad Uno ha quedado descabezada. El detective Rossi ya no es un problema. Está enterrado en el mismo expediente que Bianchi.

Una sonrisa ladina, cargada de un cinismo aristocrático, se dibujó despacio en el rostro de Maximiliano. Caminó hacia su escritorio, arrastrando los pies con una elegancia felina, y dejó el vaso sobre la madera pulida.

—Excelente —susurró el Don, y por primera vez en meses, su voz no cargaba la tensión de la sospecha—. El detective Rossi... un hombre que gastó tres años de su miserable vida persiguiendo mi sombra, oculto detrás de monitores y frecuencias encriptadas porque no tenía el valor de mirarme a los ojos. Murió sin haber pisado jamás esta casa, y lo más importante, murió sin que yo tuviera la necesidad de conocer su rostro.

Maximiliano soltó una risa baja, un sonido seco que resonó con frialdad en la opulencia del despacho. Para él, Rossi se había convertido en un fantasma molesto, una molestia invisible que amenazaba la estructura de su imperio con micrófonos y soplos judiciales. La caída de la furgoneta en la gala benéfica había sido el último aviso, y la eliminación de Bianchi y Rossi era el punto final que necesitaba para cerrar el capítulo de la legalidad.

—La arrogancia de la policía siempre termina de la misma manera, Salvatore —continuó Maximiliano, encendiendo un puro con parsimonia—. Creen que una placa los hace inmunes al plomo. Creen que porque operan desde el anonimato de las sombras institucionales están a salvo de la mano de los Martineli. Rossi pensó que su rostro anónimo era su mayor escudo, pero al final, su anonimato solo sirvió para que su muerte fuera un trámite burocrático más en los periódicos de mañana.

Salvatore asintió, visiblemente aliviado por el buen humor de su jefe.

—Con Rossi fuera del mapa y la Unidad Uno desmantelada por Asuntos Internos debido a la supuesta traición de Moretti, la policía de Palermo tardará al menos un año en reestructurar un equipo de investigación contra nosotros, Don. Estamos limpios.

—No solo limpios, Salvatore. Estamos libres —sentenció Maximiliano, exhalando una densa nube de humo gris que se elevó hacia el techo tallado—. Ya no hay ojos ocultos en las orquídeas, no hay frecuencias intervenidas, no hay un detective obsesivo obsesionado con mi apellido. El hombre que se creía mi némesis ha dejado de ser una amenaza. Ahora, los bajos fondos de Sicilia nos pertenecen por completo, sin testigos y sin jueces que se atrevan a firmar una orden.

El Don caminó de regreso al ventanal, contemplando la ciudad que se extendía a sus pies, sumisa bajo la lluvia. Sentía el peso de la impunidad absoluta en sus hombros, la embriagadora certeza de que nadie, absolutamente nadie, quedaba en el mundo con el conocimiento o la obsesión suficiente para desafiar su reinado. El fantasma de la ley había sido exterminado.

Maximiliano Martineli sonrió a la oscuridad de la noche, convencido de que su victoria era total.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP