El Gran Salón Martineli, erigido sobre las colinas más exclusivas de Palermo, respiraba una opulencia casi obscena bajo el cielo nocturno de Sicilia. Columnas de mármol de Carrara sostenían un techo decorado con frescos que emulaban el Renacimiento, mientras majestuosas lámparas de cristal de Murano vertían una luz cálida y dorada sobre la crema y nata de la alta sociedad italiana. Políticos de renombre, jueces de la corte suprema, empresarios multimillonarios y filántropos con sonrisas ensayadas se mezclaban entre risas amortiguadas por la música de un cuarteto de cuerdas clásico. Para el mundo exterior, aquella era la Gala Benéfica Anual de la Fundación Martineli, un evento destinado a recaudar fondos para los huérfanos de la región. Para el ojo entrenado, sin embargo, aquel despliegue de altruismo no era más que un elaborado teatro de sombras.En el centro de la atención, manejando los hilos de la velada con una sofisticación magnética, se encontraba Maximiliano Martineli. Vestido
Leer más