Episodio 4

El Alfa Romeo camuflado de la policía avanzaba lentamente por las calles secundarias que bordeaban la periferia de Palermo. El cielo estaba encapotado, amenazando con descargar una tormenta que limpiaría la suciedad de los callejones. Al volante iba Bianchi, con la mirada relajada y tarareando una melodía monótona que a Diego le taladraba los nervios. Diego viajaba en el asiento del copiloto, con los brazos cruzados y la mirada perdida en el paisaje industrial abandonado.

Oficialmente, investigaban un supuesto soplo sobre un almacén secundario de los Martineli. Extraoficialmente, Bianchi lo estaba llevando a dar vueltas en círculos para mantenerlo alejado de los verdaderos movimientos del Don.

—Te lo digo, Diego, tienes que relajarte —dijo Bianchi, soltando una mano del volante para hacer un gesto vago—. Moretti está contra las cuerdas. Asuntos Internos encontrará los registros del casino esta semana y todo esto habrá terminado. Volveremos a tener el control.

Diego no respondió. Mantenía los ojos fijos en el espejo retrovisor lateral. Su instinto, ese que nunca le fallaba y que lo había mantenido vivo en las calles de Sicilia, empezó a enviar señales de alerta. Un sedán negro de vidrios polarizados había aparecido detrás de ellos tres calles atrás. No llevaba luces encendidas y mantenía una distancia fija, demasiado calculada para ser un conductor casual.

—Bianchi, gira a la derecha en la próxima intersección —ordenó Diego, su voz cambiando instantáneamente a un tono plano y cortante.

—¿Por qué? El almacén está hacia la izquierda...

—¡Que gires a la derecha, coño! —rugió Diego, llevándose la mano instintivamente a la culata de su Beretta bajo la chaqueta.

Bianchi dio el volantazo, sorprendido por el grito. El Alfa Romeo derrapó levemente sobre el asfalto húmedo al entrar en una calle cortada, flanqueada por viejas fábricas textiles abandonadas. El sedán negro giró inmediatamente detrás de ellos, acelerando a fondo. El rugido de su motor V8 resonó entre los muros de ladrillo como el rugido de un depredador.

—¡Nos siguen! —gritó Bianchi, el pánico pintándose en su rostro de forma genuina. Él sabía quiénes eran; sabía que Salvatore y los hombres de Martineli tenían planeado un golpe esa tarde, pero no esperaba que los interceptaran a ellos, o quizás el Don había decidido eliminar cabos sueltos antes de tiempo.

Antes de que Bianchi pudiera enderezar el coche, el sedán negro los embistió por el costado trasero. El impacto fue brutal. El Alfa Romeo trompeó, perdiendo el control y estrellándose de lado contra la persiana metálica cerrada de un viejo almacén. El parabrisas se astilló en mil pedazos y los airbags se desplegaron con un estallido ensordecedor, llenando el habitáculo de humo blanco y olor a pólvora quemada.

Diego golpeó su cabeza fuertemente contra la ventanilla. El dolor fue agudo, una línea de sangre cálida comenzó a bajar por su sien, nublándole la vista por un segundo. Aturdido, escuchó el chirrido de los frenos del sedán negro deteniéndose a pocos metros.

—¡Bianchi! ¡Muévete, sal del coche! —tosió Diego, intentando empujar su puerta, que había quedado atascada contra el metal de la persiana.

Pero Bianchi no se movió para huir. Su entrenamiento corrupto o quizás su desesperación por salvar la piel ante sus verdaderos jefes lo hizo cometer el error definitivo. Sabía que si los hombres de Martineli disparaban, lo matarían a él también. Bianchi sacó su arma reglamentaria y, presa del pánico, abrió su puerta, saliendo al asfalto mientras gritaba:

—¡Paren! ¡Soy yo! ¡Soy Bianchi! ¡No disparen, maldita sea!

Del sedán negro descendieron tres hombres encapuchados, armados con subfusiles Heckler & Koch MP5. No venían a negociar, ni les importaba la identidad del traidor que ya había cumplido su propósito. Para Maximiliano Martineli, un policía que se vende una vez puede vender a cualquiera dos veces; Bianchi ya no era útil, solo un peligro andante.

—¡No, Bianchi, cúbrete! —gritó Diego desde el interior del coche, logrando patear la puerta del copiloto para abrir un espacio.

Fue demasiado tarde. El sonido ensordecedor de una ráfaga de fuego automático rasgó el aire de la tarde. Una lluvia de balas de nueve milímetros perforó el pecho y el abdomen de Bianchi antes de que pudiera levantar las manos. Los impactos lo levantaron del suelo, haciéndolo retroceder como una marioneta rota hasta caer de espaldas sobre el capó del Alfa Romeo. Sus ojos fijos y vacíos miraron al cielo gris mientras la sangre manchaba el metal plateado del coche policial. El traidor estaba muerto. El único hombre que conocía la cara de Diego y sus planes dentro de la fuerza había sido silenciado para siempre por sus propios protectores.

La furia y la adrenalina estallaron en el cerebro de Diego. Desplazándose con una agilidad felina sobre el asiento ensangrentado, asomó el cuerpo por la puerta rota del conductor y abrió fuego con su Beretta.

*¡Pam! ¡Pam! ¡Pam!*

Dos de sus disparos impactaron en el hombro del encapuchado que lideraba el grupo, haciéndolo retroceder hacia el sedán negro. Los otros dos atacantes respondieron al fuego, destrozando lo que quedaba de la carrocería del Alfa Romeo. Las balas silbaban a milímetros de la cabeza de Diego, rompiendo los espejos y perforando los neumáticos.

—¡Vámonos! ¡El objetivo principal ya viene en camino, no hay tiempo! —gritó uno de los sicarios desde el sedán negro, mirando hacia el final de la calle.

El coche de los atacantes dio marcha atrás con un violento chirrido de neumáticos, dejando a Diego herido y cubierto de cristales en medio del callejón, junto al cadáver tibio de su compañero.

Diego, respirando con dificultad y sosteniéndose la costilla lesionada, se arrastró fuera del coche. Se arrodilló al lado de Bianchi, tomándole el pulso en el cuello por puro instinto profesional. Nada. El agente Bianchi estaba completamente muerto. Diego miró la gabardina empapada de sangre de su compañero y luego fijó la vista en el asfalto, donde los casquillos percutidos brillaban bajo la incipiente lluvia.

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