Cuando Richard tocó la puerta, el sonido resonó en el silencio de la tarde, un golpe seco y hueco que pareció reverberar en el interior de la cabaña. Pasaron unos segundos de tensa espera, y entonces, la puerta se abrió lentamente, revelando la figura de la Vieja Elara.
Era una mujer de una edad indeterminada, con el rostro surcado por profundas arrugas que contaban la historia de una vida larga y solitaria. Sus ojos, opacos y nublados, indicaban su ceguera, pero su mirada parecía penetrar más