El eco de sus pasos en el pasillo blanco resonaba con una pesadez que no podía disimular. Roberto sostenía entre sus dedos un pequeño envoltorio de papel que contenía la galleta. Aquella galleta que Junior casi había comido poco después de empezar con vómitos, fiebre y convulsiones. Aquella galleta que Julia, su esposa legal aún, había dejado con una sonrisa hipócrita a su hijo como si nada. Pero ¿Realmente eras capaz de haberle hecho daño a Junior...o a Marito? —No puede ser —murmuró para sí m