Carlos Albrecht ya estaba cansado de fingir.
No lo admitía en voz alta, ni siquiera ante sí mismo, pero algo dentro de él llevaba días —tal vez semanas— resquebrajándose. El control que siempre había sido su armadura comenzaba a sentirse como una camisa demasiado estrecha, una que apretaba justo donde más dolía.
Matthias Falkner se levantó con una calma estudiada, casi elegante. Caminó hacia la ventana del despacho como si el intercambio recién ocurrido no hubiera tenido peso alguno. Desde ahí,