Romeo saltó de la cama y abrió su computadora, mantuvo una expresión seria, me acerqué.
—¿Pasa algo?
—No, todo bien.
—Te ves preocupado.
Tomó mi mano y la besó.
—Lo de la herencia se va a resolver.
Me quedé fría. Me abracé a mí misma. Eso significaba que no haría nada más en casa, que era la hora de volver. Sentí un vacío en el estómago, no tenía nada por lo que volver, pero era mi casa, y no quería dejar la vida que estaba conociendo con él.
Me miró y sonrió.
—¿Qué pasa? ¿Por qué has puesto esa