La expresión de Ingrid había cambiado. Su semblante era aterrador y parecía estar poseída por algo profundamente maligno.
Filipo sabía que debía mantener la calma si no quería echarlo todo a perder. Ella conocía demasiadas cosas sobre él, secretos que podían destruir su reputación no solo ante Amália, sino ante toda la sociedad. Sin embargo, si la dejaba tomar el control de la situación, sabía que estaba perdido. Entonces decidió recurrir a un arma que siempre había tenido a su favor: el poder.