Cojo las bolsas con los dulces que le compré a Goldie y las deposito en el asiento delantero.
―Entra, por favor ―la chica sube sin armar ningún tipo de drama―. Gonzalo, arranca el auto y llévame a la empresa.
La chica sigue llorando, sabe que está metida en un enorme aprieto, pero le di mi palabra y la voy a defender, siempre y cuando, sea inocente. En cambio, si descubro que también está implicada en el desfalco de la empresa, no tendré piedad de ella.
Quince minutos después, nos detenemos f