Continuamos trabajando como si nada, hasta que escuchamos el sonido de la puerta principal al abrirse. Mi corazón comienza a bombear con todas sus fuerzas. Dejo lo que estoy haciendo y decido entrar a la casa para recibirlo.
―¡Eh! ―se queja Ángela al ver que me alejo―. ¿Ahora me dejas como plato de segunda mesa?
Giro la cara sobre mi hombro y esbozo una enorme sonrisa. No he dejado de sonreír desde que este maravilloso hombre entró a mi vida. Cada segundo de mi vida, cada sonrisa, cada anochec