Raxy hizo un puchero.
Le acomodé el cabello, alisando los mechones que Celeste le había jalado anoche.
“Hey,” dije suavemente, “no pongas esa cara. Vas a tener arrugas antes que yo.”
Raxy no se rió. Sus ojos estaban brillosos, su voz pequeñita.
“¿Por qué no puedes venirte a casa con nosotras? ¡Isla, fueron muy malos contigo!”
Detrás de ella, Rexy estaba en el coche, con las piernas arriba del asiento, discutiendo a gritos en una videollamada grupal como si nada hubiera pasado anoche.
Respiré ho