Celeste tropezó al entrar en el baño, sus tacones golpeando de manera desigual contra los azulejos.
Fue directa al espejo, agarrándose del lavabo mientras miraba su propio reflejo, ojos hinchados, respiración temblorosa y hombros estremeciéndose.
Inhaló bruscamente y buscó en su bolso su labial, pero sus manos temblaban demasiado. El tubo se le resbaló de los dedos. Luego otro objeto. Luego otro más.
“Maldita sea… maldita sea”, siseó, con la voz quebrándose.
En un estallido de frustración, volc