UN PACTO.
UN PACTO.
Serafína se retorcía en la cama, el estómago vacío emitía un ruego sordo, un ronroneo de hambre que resonaba en la soledad de su habitación. Había sido un día de orgullo y terquedad, al negarse a aceptar la comida que le recordaba su cautiverio. Pero ahora, mientras la luna ascendía, comenzaba a lamentar su decisión.
De repente, un golpeteo suave interrumpió sus cavilaciones. Era inusual; desde que Lorenzo la hiciera cautiva en su habitación, las puertas se abrían sin ceremonias, sin