ENEMIGO EN CASA (II)
Lorenzo miraba con furia contenida al guardia de los calabozos. El lobo temblaba ante él como una hoja sacudida por el viento otoñal, consciente de que la ira de un Alfa era tan letal como cualquier maldición. Sus ojos, dos brasas a punto de estallar en llamas, no parpadeaban, no se desviaban; eran el epicentro de un huracán de emociones reprimidas.
―No sé lo que pasó, Alfa. Cuando desperté… ya no estaba ―dijo el guerrero con miedo, su voz temblorosa como su cuerpo.
De re