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—Sabes que no tenías que lavar los platos—. Habló en voz baja, su aliento se abanicó contra un lado de mi cara y al instante me llegó el olor a jarabe de arce.

—Lo sé, pero quería ayudar—. Como si fuera a sentarme y dejar que Alex hiciera todo el trabajo.

—Bueno, gracias.

—No tienes que agradecérmelo.

—No sólo por esto, sino también por otras cosas—. Había algo en su voz que me hacía saber que me estaba dando las gracias por algo que yo aún no sabía. Pero no iba a insistir en el tema todavía.

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