El aire nocturno le rozaba la piel como un susurro helado. La ciudad seguía con su vida inquebrantable, el ruido lejano de los autos en la avenida principal mezclándose con el titilar de las luces sobre los edificios. Pero para Sandra, todo se sentía suspendido en un instante eterno, un limbo donde el mundo se había reducido a dos personas: Akiro y ella.
Apenas unos metros los separaban, pero Sandra sentía que aquella distancia era la única barrera que la protegía de algo que no terminaba de co