Mis gritos desgarradores estaban impregnados de una agonía y una desolación que parecían querer arrancar pedazos de mi propio ser. Resonaron con fuerza en el frío y estéril pasillo del hospital, haciendo eco entre las paredes blancas y asépticas. Aquellos bramidos, que manaban desde lo más recóndito de mi espíritu, llamaron inevitablemente la atención de las enfermeras y el personal médico que se encontraba cerca, quienes interrumpieron momentáneamente sus tareas para dirigir sus miradas hacia