Al principio, el beso fue una caricia dulce, un roce suave que parecía flotar en el aire, pero la pausa duró apenas un suspiro. Alexander soltó un sordo gruñido atrapado en el fondo de su garganta y, antes de que yo pudiera procesar el cambio, sus labios se volvieron firmes, urgentes, aplastando los míos con una necesidad que me hizo perder el suelo.
Su lengua se abrió paso con una seguridad arrolladora, reclamando la mía, envolviéndola en un juego caliente y profundo que me robó el aliento de