La velocidad a la que él devoraba las calles iluminadas por los neones de la ciudad reflejaba perfectamente la tormenta que ambos cargábamos. Yo miraba fijamente por la ventana del copiloto, viendo los postes de luz pasar como ráfagas borrosas de color ámbar, mientras el enojo acumulado de la cena me subía por la garganta como un jarabe espeso y amargo.
A ver, seamos realistas: una cosa era aceptar un contrato de romance falso para salvar el pellejo corporativo de mi jefe inalcanzable, y otra mu