Mi taza de café quedó suspendida a mitad de camino. La presencia de Eleanor Miller en mi cubículo era tan fuera de lugar como un tractor en una pasarela de modas. Con un movimiento elegante de su mano enjoyada, me indicó que la siguiera. Terminamos en la cafetería ejecutiva del último piso, un lugar con ventanales inmensos y sillones de terciopelo donde un café costaba lo mismo que mi presupuesto de víveres para tres días.
Nos sentamos frente a frente. Eleanor me barrió con la mirada, desde los