Zoe
El aire dentro del taxi se sentía denso, casi irrespirable. Llevaba las manos entrelazadas sobre el regazo con tanta fuerza que los nudillos se me habían puesto blancos. A mi lado, Clara no dejaba de mover la pierna frenéticamente, con una expresión de pura rabia contenida y el teléfono apretado en el puño.
Cuando regresé al departamento después de la prueba del vestido, colapsé en el salón. Entre sollozos deshechos y