Zoe
El coche se convirtió en una prisión de metal helado. Las horas no pasaban; se arrastraban con la lentitud tortuosa de una pesadilla sin fin.
Afuera, la lluvia constante de la capital repicaba contra el parabrisas, transformando las luces del Upper East Side en manchas borrosas y distorsionadas. El reloj digital del tablero marcaba las ocho de la noche, luego las diez, luego las dos de la mañana. Cada minuto que el indica