Zoe
La mirada de Alexander sobre nosotros no era solo de ira; era un abismo de posesividad y sospecha que me dejó sin aliento. La tensión en la terraza se volvió tan densa que el aire pareció desaparecer.
—Alexander, no es lo que piensas... —alcancé a decir, dando un paso hacia él.
—Tú no digas nada, Zoe —la cortó Alexander con una voz tan helada que me congeló la sangre. Ni siquiera me miró; sus ojos estaban clavados en su herman