Alexander
El silencio de mi oficina en el piso más alto de la torre corporativa solía ser mi santuario, pero esa tarde se sentía como una jaula. El ventanal de cristal me devolvía el reflejo de un hombre impecablemente vestido, con la corbata a medio desabrochar y la mirada perdida en los edificios de la ciudad.
Sobre el escritorio de caoba, mi teléfono no dejaba de iluminarse. La pantalla parpadeaba de manera casi violenta