Alexander
Entré al penthouse con el cuerpo pesado y la cabeza a punto de estallar. Apenas giré la llave y empujé la puerta, el estruendo de un florero de cristal estrellándose contra la pared de la entrada me hizo dar un paso atrás. Los fragmentos salieron volando por el suelo, seguidos por un grito desquiciado que ahogó cualquier intento de saludo.
—¡Eres un maldito cínico, Alexander! —chilló Zara, emergiendo del pasillo con el rostro desencajado, los ojos hinchados de llorar y el cabello desen