Alexander
El murmullo de la gente alrededor de la fogata me sonaba como un zumbido insoportable, un ruido blanco que no hacía más que acrecentar la jaqueca que amenazaba con partirme el cráneo. Me quedé de pie en el mismo punto exacto donde Zoe me había empujado, paralizado, mirando mis propias manos como si aún guardaran el calor abrasador de su cintura y la vibración de su indignación.
Pasaron quince minutos. Luego treinta.