Zoé
Alexander Miller era un hombre retorcido cuando se lo proponía, pero cuando los celos le nublaban el juicio, se convertía en un auténtico monstruo.
Desde que Thomas había llegado a la agencia y Alexander escuchó a escondidas aquella escenita en la oficina del tercer piso —donde Thomas me juró que se iría conmigo si yo decidía mandar todo al diablo—, el ambiente en la empresa se había vuelto intragable. Alexander no me gritó ni me armó un escándalo en los pasillos; no, eso habría sido de