La recaída llegó como un trueno silencioso.
Ana se mareó de pronto mientras intentaba escribir en el cuaderno que doña Elvira le había regalado. Sus pies pesaron como plomo, un aro invisible le apretó las sienes. Rómulo corrió por el pasillo, el corazón en la garganta. La encontró en el escritorio improvisado, pálida como la cera, el cuaderno abierto ante ella. Quería escribir su diario, pero sus manos temblorosas dejaron caer la pluma. Sobre la página, recortes de columnas de Germán Dehesa cita