-¡¡¡Ya está el libro en las calles, Andrea!!!-, me llamó eufórica Antonella esa mañana de frío intenso. El cielo estaba bastante gris y opaco y habían nubarrones densos pintados en el cielo, amenazando con una lluvia fuerte.
Yo estaba en mi consultorio revisando el historial clínico de Trevor. El juez estaba pidiendo una evaluación de su caso porque debía dictar sentencia del caso engorroso del tráfico de medicinas que se le seguía y que había involucrado a Karlson y a Davids, empañando la