La semana pasó como un soplo envenenado.
Cada día, el dolor en el pecho de Alade se intensificaba como un grito ahogado. La partida se acercaba, el viaje hacia la Montaña de Oro estaba marcado. Y con él, la sensación asfixiante de que todo se escapaba entre sus dedos.
Aun así, había una esperanza tenue, frágil como un hilo de seda: Aaron. Él se había vuelto más cercano, más protector. No la dejaba sola por las noches, reforzaba la seguridad a su alrededor. Como un perro guardián, feroz y contra