Astar y Alade se alejaron todo lo que pudieron de la aldea en ruinas, cruzando escombros como sombras silenciosas. El bosque, aunque a la vista, parecía siempre distante.
Agotados, se detuvieron al lado de una vieja casa abandonada. Astar no perdió tiempo: inspeccionó el lugar con ojos de depredador. Cuando volvió, los hombros rígidos denunciaban que no había nadie cerca.
Alade no resistió. Se lanzó a sus brazos, el pecho agitado, el corazón apretado.
“Dioses… pensé que nunca volvería a verte”