El sonido de su teléfono interrumpió nuestra siesta. Habíamos pasado todo el día en la cama, su rostro lucía más relajado, las ojeras empezaban a desaparecer. Aun me preocupaba lo delgado de su cuerpo, pero con unos días de cuidados intensivos volvería a sentirse mejor.
Mientras ella se levantaba para responder, recordé que no le había hablado del investigador que contraté. Durante la cena, compartiría con ella la información que él me había dado. Quizás ella podría aclarar algunas cosas. ¿Quié