Lía arqueó una ceja con escepticismo.
—¿En serio no te importa?
Damián se rio, le tomó la mano y deslizó el anillo de bodas en su dedo anular.
—Ella no es mi mujer, así que no tengo nada que lamentar.
Lía pensó que doña Petra se saldría con la suya, pero no esperaba que Damián fuera tan tajante al despedirla. En el fondo, sintió satisfacción.
Él se acercó y le susurró al oído:
—Nadie va a volver a decirte qué joyas puedes o no usar. No tienes que aguantarle nada a nadie; si alguien intenta moles