Pronto el sábado llegó y Clarisse se encontraba tendida en su cama mientras miraba el techo. Había algo extrañamente particular esa mañana que la hacia perderse en sus pensamientos. Miró el reloj que estaba sobre la mesita de noche junto a la cama, marcaba las ocho treinta y tres de la mañana.
—Tal vez está dormido. Allá aún es de noche —habló en voz alta—. Sí, de seguro es por eso.
«¿Tú crees? ¿Qué tal que ya se aburrió de nosotras?», cuestionó la voz en su cabeza.
La chica entronó los ojos, f