—¡Agh! ¡Han pasado dos días y todavía nada! —gruño Liza, disgustada de que siguieran en ese prostíbulo—. ¿No se suponía que el tal Sergei me mandaría a buscar?
Yacía tirada sobre uno de los sofás que estaban en la habitación, ni loca se acercaba a la cama.
Soren la miró desde el otro lado de la habitación, alzó una ceja y siguió atento a la llamada con Peter.
—No tenemos información de porqué no ha ido por ustedes —hablo el mayor a través de la videollamada.
—¿Y si nos descubrieron? —saltó la m